Juan Martín, el general convertido en adjetivo.
El río Botijas a su paso por Castrillo se llena de pecina. De
ahí el nombre de empecinados de los habitantes de Castrillo de Duero, pueblo
cercano a Peñafiel en la provincia de Valladolid, cuyo miembro más famoso fue Juan Martín Díez, El Empecinado. Proviene una familia campesina y humilde pero sin
hambre, el vástago que daría fama al apodo de todo un pueblo, y que con el paso
del tiempo se convertiría en un adjetivo que da color a la obstinación y hasta
a la terquedad más pertinaz.
Con 18 años Juan Martín entra en el ejército español para
luchar contra los franceses en la guerra del Rosellón (Guerra de la Convención)
de 1793 a 1795. Su padre se negaba a que su hijo fuera militar. Juan volvió a
su tierra natal y allí se dedicó a la labranza y a su esposa. Esta actividad va a durar pocos
años, ya que cuando comienza la guerra de la Independencia en 1808, no duda en
enrolarse para luchar de nuevo contra los franceses,. La leyenda cuenta que un
soldado francés violó a una muchacha de su pueblo, dándole muerte el empecinado
al enterarse del suceso.
Organiza una partida de guerrilleros con gente y familia del
pueblo, dedicándose a interceptar correos y mensajes del enemigo, y apresar
convoyes de víveres, dinero, armas, etc. Dándole verdaderos quebraderos de
cabeza al ejército francés, hasta el extremo de que se ordenó en exclusiva al
general Joseph Leopoldo Hugo dar caza al empecinado.
En 1814, Juan Martín es ascendido a Mariscal de Campo, y se
gana el derecho a firmar como El Empecinado de forma oficial.
Fue un hombre bajo, fuerte y con nariz achatada y mirada rapaz.
Tenía el mentón partido. Francisco de Goya nos dejó su retrato y don Benito
Pérez Galdós escribió en sus Episodios
Nacionales sobre este guerrillero, militar liberal, ajusticiado en la horca con
la firma de un rey absolutista.
Tuvo ocasión el
Empecinado de pasarse a las filas de Fernando VII por expresa invitación de este
a lo que contestó: “Diga
usted al Rey que si no quiere la Constitución que no la hubiera jurado; que el
Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos.” Benito Pérez Galdós cuenta en Los Episodios
Nacionales que "el Empecinado" murió a bayonetazos, cuando camino del
patíbulo, se desencadenó en un arranque de desesperación y fuerza y consiguió
quitar la espada al oficial que le acompañaba.
Un hombre recio y de palabra que solo quiso la independencia
de su patria, que luchó contra las tropas napoleónicas, pero fue traicionado y
abandonado hasta por su esposa. Se entregó en Roa para salvar a sus hombres y
allí encontró la vejación, humillación y
la muerte. Corría un caluroso 19 de agosto de 1825. Enjaulado y humillado, así
trató la España del siglo XIX a uno de nuestros mayores héroes.
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