MI COLOR FAVORITO.
Todo empezó con el color púrpura.
Siempre fue mi color favorito. Desde niño pedía a mis padres cuadernos púrpuras,
bolígrafos con tinta púrpura e incluso intenté que me pintasen mi habitación de
este color. A mi padre parecía molestarle esa obsesión que, según decía él, ya rondaba el empecinamiento. Cuando le
preguntaba a mi madre sobre el asunto, ella bajaba la cabeza algo nerviosa
mientras susurraba algunas palabras ininteligibles. Mi abuelo por parte de
madre, que se había mudado con nosotros un par de años atrás, era el único que
entendía la pasión que sentía por este color. Siempre me decía “Viene de
familia, hijo. Solo te falta el bastón con martillos de plata”. No entendía muy
bien qué me quería decir con esto pero no me importaba porque de vez en cuando
me traía algún objeto púrpura.
Una noche, cuando ya estaba
metido en la cama y listo para dormirme, mi abuelo entró por la puerta con una
sorpresa para mí. “Aquí te traigo todo el púrpura que necesitas” me dijo
mientras me mostraba entre sus manos tres botes de pintura y una brocha. “Solo
una de las paredes que a tu padre le puede dar un infarto cuando lo vea”.
Ese día nos levantamos muy
temprano. Justo cuando escuchamos los motores de los coches de mis padres
yéndose a trabajar. Bajé corriendo a buscar a mi abuelo pero él ya estaba
listo. Llevaba puesto un mono para no mancharse y, entre sus manos, todo el
material necesario para empezar la faena. Entre los dos, separamos mi
escritorio y cubrimos los muebles con fundas para no salpicarlos. Mi abuelo, a
diferencia de la mayoría, no es un hombre de historias. Nunca me ha hecho
sentarme en el sofá para narrarme sus batallitas en una prosa más complicada
que El Quijote. Era de esos que preferían escuchar a hablar. Por ese motivo me
resultó tan raro que, mientras pintábamos, decidiese contarme una. “¿Nunca has
querido saber por qué siempre te digo que tu empecinamiento por este color
viene de familia?” me preguntó. Le respondí que no había tenido tiempo para
planteármelo pero que me encantaría saberlo. Aquí empieza la historia de mis
antepasados.
“El púrpura es uno de los colores
más curiosos. Mezcla el rojo y el azul que son completamente opuestos y juntos,
simbolizan la violencia y el poder. En la antigüedad solo lo usaban las
personas de clases sociales elevadas y, lo que es más importante, era el
símbolo de Los Hijos de Padilla,
también conocida como la Sociedad de los
caballeros comuneros a la que pertenecía uno de tus antepasados más
ilustres y queridos por Castilla. El Empecinado”. Dejé la brocha en el suelo e intenté recordar
de qué me sonaba ese nombre. No lo conseguí. Tendría que haber prestado más
atención en las clases de historia en vez de dedicarme a hacer dibujos. Mi
abuelo se percató de mis nulos conocimientos sobre este personaje. Me pasó la
pintura para que prosiguiera y empezó a explicarme algo sobre él. “El
Empecinado fue un auténtico héroe de guerra. Si no fuera por él, los franceses
nos hubieran dado una buena paliza en la Guerra de la Independencia. Fue el
propulsor de las guerrillas. Supongo que esta parte de la historia sí que la
conoces”. Asentí con la cabeza. “Así me gusta. Como te decía, dio una buena tunda
a esos gabachos que se creían capaces de dominar a un pueblo como el nuestro ¡Por
Dios santo! Somos españoles, tercos como nosotros solos y difíciles de gobernar”.
Le pedí que no se fuera por las ramas. Mi abuelo, cuando se emociona se exalta
demasiado. “Perdona, hijo. Es que es pensar en lo que nos intentaron hacer y me
hierbe la sangre. Si yo hubiese vivido en esa época, habría acabado con todos
ellos”. De pronto recordé por qué me sonaba tanto ese nombre. Lo había visto en
una serie de televisión. Se llamaba El
ministerio del tiempo. “Es de las pocas series que valen la pena hoy en
día. Si no fuera por ella, muy pocas personas sabrían lo decisivo que fue este
hombre en la guerra. Me gustó mucho cuando los franceses decidieron matarlo
antes de tiempo gracias a las puertas del tiempo. Eso deja entrever lo
importante que fue, como bien he dicho. Me siento orgulloso de ser su
antepasado.” Estaba algo sorprendido. No sabía que mi abuelo estaba tan
enterado de lo que pasaba en la televisión. “¿Qué pretendes, hijo? Tengo
demasiadas horas libres. Lo que tienen los jubilados.” Se echó a reír.
Decidimos que era hora de tomarnos un descanso y bajamos a hacernos una
limonada. El cuarto estaba quedando muy bien aunque tenía algún pegote de
pintura que se asemejaba al gotelé debido a nuestra torpeza cuando intentamos
dar una segunda capa.
El repiqueteo de la carretera nos
avisaba de que el viejo coche de mi madre se estaba acercando a la puerta. No
teníamos tiempo para esconderlo todo y era obvio que en algún momento acabarían
pillándonos. Mi madre subió las escaleras y, para mi sorpresa, no nos regañó. Simplemente
desapareció y volvió a los pocos minutos vestida con un chándal viejo y un
pincel fino. “Hay que retocar esa pared. Sois demasiado trazas. Termina eso y
sube conmigo a la habitación.” Le repliqué diciendo que el abuelo me estaba
contando la historia de nuestro antepasado. “Yo te la termino de contar pero
antes recoge ese vaso y déjalo en el fregadero”.
La sutileza de mi madre era
impresionante. Arregló sin dificultad las manchas que tanto nos estaba costando
borrar. Me miró y me sonrió. “¿Ya te ha contado tu abuelo el porqué de tu
afición al color púrpura?” Le dije que había empezado con eso pero no llegó a
terminar. Que se centró demasiado en el personaje y se alejó de la historia
principal. “Supongo que te habrá hablado de la Sociedad de los caballeros comuneros. En la época de Fernando VII,
cuando la democracia brillaba por su ausencia, unos pocos miembros de la élite
crearon una sociedad secreta para luchar contra el Antiguo Régimen. Había
muchas más que querían acabar con el absolutismo pero no eran tan destacadas
como esta. La masonería era propia de la época y tu antepasado, después de
realizar todos los ritos de iniciación se unió a esta. Eran algo así como un
grupo extremista de izquierda, para que lo entiendas. Se les conocía como los
exaltados radicales. Esta radicalidad es uno de los motivos por los que a tu
padre no le gusta hablar tanto de esto.” Escuchaba con mucha atención. Parecía
una clase de historia pero más interesante que las del colegio. Por mis venas
corría sangre de un héroe español. De nuevo manché la pared con demasiada
pintura. “Eres un desastre. Algo común en tu antepasado. Muy valiente y fiel a
sus ideales pero incapaz de guardar un secreto. Esta sociedad secreta a la que
pertenecía era de todo menos secreta. Los miembros se iban de la lengua y les
dificultaban sus labores para lograr los derechos de los ciudadanos aunque hay que reconocer que aceptaban a mujeres.
Eso era todo un logro teniendo en cuenta que hasta hace muy poco aún teníamos
problemas de integración”. Le pregunté dónde podía recabar más información
sobre esta sociedad secreta. “No tan secreta”, me volvió a repetir. “Al
permitirles formar parte de otras sociedades, muchos se convirtieron en espías
y esto ha facilitado que haya mucha documentación sobre este asunto. En los
archivos y bibliotecas hay muchos libros que tratan este tema. No son tan
fiables como lo que te estoy contando yo pero te bastará” Egocentrismo de las
madres vivido en primera persona.
La puerta se abrió y mi padre
entró por ella. Nos vio a los dos pintando la pared de mi habitación. Se quedó
mirándonos, sin articular palabra. Mi madre rompió el hielo. Se acercó a él y
lo besó. “Ya se lo has contado, ¿verdad?” le preguntó. Ella afirmó con la
cabeza. Él se sentó en mi cama y me pidió que me acercase. “Juan, el color
púrpura no representa solo a esta sociedad. Ellos lo tomaron de los Comuneros.
Esos mismos que fueron asesinados por sus ideales el 23 de abril. Una fiesta
que todos celebramos por su derrota y no por su victoria. Me gustaría decirte
que todo acaba bien pero, al igual que todos, entre ellos Padilla, fueron
asesinados públicamente y repudiados en ese momento. Tu antepasado no es una
excepción. Luchó por los derechos de su pueblo a través de la violencia y el
enfrentamiento sorpresa, tanto en el campo de batalla como en la propia vida.
Eso le costó la vida. Fue engañado por el régimen y condenado poco después en
un juicio justo. El púrpura es un color azul de libertad manchado de sangre
roja de todas aquellas personas que quisieron imponerla a través de la fuerza”.
El silencio se hizo en la habitación. Nadie se había percatado de que mi abuelo
estaba ahí, con nosotros. “¡Cobarde! Ya le dije a mi hija que no se conformara
con tan poca cosa como tú. Lo único bueno que ha salido de todo esto es este
chiquillo empecinado y fiel a sí mismo. Me parece bien que le hables sobre tu
punto de vista pero no le impongas esa visión. Ahora deja que él decida. Ya es
mayor para tomar sus propias decisiones” Aquí acaba la historia de mi
antepasado. El hombre valiente que murió por sus ideales.
Querido profesor. Sé que la
redacción debía abordar el tema de cuál es mi color favorito y por qué. Siempre
he pensado que era el púrpura e incluso a veces lo pienso pero para poder
argumentar mi elección he considerado necesario incluir toda esta historia. Sé
que parece que no tiene ninguna relación pero los colores no son solo colores.
No son solo
fotones absorbidos por nuestros ojos. Son sentimientos. Son
recuerdos. Son símbolos conceptuados de diferentes maneras en función de las
necesidades de cada época. Hay infinitos colores posibles y muy pocos nombrados,
pero si algo he aprendido y he querido transmitir con esta historia es que yo
soy un Juan Martín Díez y mi padre está equivocado. Mi color favorito es el
azul porque transmite esa sensación de libertad y de tranquilidad, pero también
lo es el rojo que representa la sangre de todas esas personas que nunca se
rindieron. Que se empecinaron en conseguir un lugar mejor y, aunque fracasasen en su momento, su legado
sigue presente transmitiéndose a través de los siglos. Todos luchan por un
lugar mejor.

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